¿Una ética para los solteros?

Los solteros se encaminan despacio a ser un grupo social reconocido no sólo por la ley, sino por quienes los rodean. La soltería deja de ser una etapa previa a algo, o una sala de espera, para ser reconocida como un estado civil con derechos y responsabilidades, tanto como individuos merecedores de la atención y el respeto de aquellos quienes no han elegido esta forma de vida. Las personas que viven en pareja comienzan a entender que los solteros no son, necesariamente, inmaduros, egoístas, solitarios, o bien, que no son un comodín del cual pueden disponer siempre que tengan una necesidad. Igualmente, las personas que viven en pareja intuyen que algún día ellas pueden atravesar periodos de soltería, si no es que ya los han vivido, sufrido, aceptado y gozado, por lo cual es bueno “ponerse en zapatos ajenos” de vez en cuando.

Al hablar de una ética para los solteros pretendemos analizar los valores o virtudes que este sector posee, e indicar lo que podemos esperar de ellos. Como hemos dicho a lo largo de este trayecto, de las personas casadas se suele esperar cooperación, visión a futuro, tolerancia a la frustración y un marcado “instinto” de cuidado y cariño, dada la posible condición de paternidad. ¿Pero acaso los solteros están muy alejados de ello? No nos lo parece. Muchas personas singulares forman parte de grupos extensos de amistades, en las que el mutuo cuidado y comprensión sale a relucir constantemente. Otros tantos solteros, cuyo mayor esfuerzo se dirige a lo laboral, tienen una tolerancia a la frustración, una perseverancia en sus acciones y una visión organizativa a futuro que los coloca como piezas fundamentales para su empresa. Saben ser cooperativos y responsables, sin importar si tienen o no hijos.

Igualmente, pueden ser personas realmente tolerantes frente a quienes han decidido no compartir su visión del mundo; por lo mismo, no es extraño que sean más abiertos a la diversidad y a la inclusión de las diferencias. Habiendo sido de algún modo marginalizados, estigmatizados y excluidos, han experimentado en carne propia la necesidad de cuestionar sus prejuicios. Porque, aunque no lo parezca, a los solteros se les niegan toda clase de privilegios sociales, económicos y legales sólo por no ser casados. Es de esperarse, entonces, que, sensibles al estigma, les sea más fácil visibilizar sus privilegios para no caer en el abuso de sus saberes y prerogativas, sean estas de clase, raza, preferencia sexual, o estado civil, entre otras.

Se les puede atribuir, también, una mayor seguridad en sí mismos: al decidir dirigir la nave de su vida según sus propias decisiones, sin pensar en el respaldo de alguien con quien compartir culpas en caso de equivocación, asumen las consecuencias de sus actos y arriesgan la posibilidad de cometer errores y crecer tras las derrotas.

Por otro lado, es común considerar al soltero una persona con tendencias a la promiscuidad. Anteriormente se ha hablado del modo en que la sexualidad ha evolucionado, permitiendo una libertad mayor en la práctica de ella. Si bien, el estar comprometido en una relación monógama puede traer grandes placeres y experiencias, por la seguridad y la confianza que esto puede llevar consigo, la ausencia de este compromiso permite a los individuos conocer mejor su cuerpo y sus preferencias, abriendo su mente a nuevas experiencias en el terreno de lo sexual, sin que por ello se deje a un lado el cuidado personal y la responsabilidad tanto en lo físico como en lo emocional. La sexualidad abierta y libre no es, necesariamente, sinónimo de sexualidad irresponsable y compulsiva.

Lo anterior nos lleva también a hablar de las relaciones amorosas y eróticas de los solteros. ¿Firmar un documento legal es el único modo de ser leal, fiel y comprometido con otra personas? Cuando una madre es amorosa y cuidadosa con sus hijos no lo es porque al nacer éstos, haya firmado un contrato maternal con ellos. Los solteros pueden llevar relaciones amorosas respetuosas y comprometidas, en el sentido de considerar a la pareja un auténtico otro, sin necesidad de firmar documentos para ello. Igualmente, una relación de respeto, amor sincero y cuidado mutuo no lleva consigo, obligatoriamente, la definición de “eternidad” ni “matrimonio”.  Se puede amar a una persona un día o cien años, y esto no hace que el amor, en cualquiera de los casos, sea menor o mayor, mejor o incompleto.

Los solteros pueden llevar relaciones amorosas respetuosas y comprometidas, en el sentido de considerar a la pareja un auténtico otro, sin necesidad de firmar documentos para ello.

Buscar en la soltería la libertad de no saberse atado, a nuestro parecer, es completamente válido, si bien el matrimonio puede ser para muchos una elección de vida que no coarta de ningún modo su libertad. Considerar a la libertad como un bien primordial no tiene por qué ser considerado egoísmo. Puede, claro está, ser una forma de desarrollarse personalmente, humanamente; de autorrealizarse desplegando los recursos propios. Puede ser una forma de entregarse no sólo al círculo familiar más cercano, sino a quienes consideren, a lo largo del tiempo, como sus iguales, sus allegados no sólo por el vínculo genético.

Debe quedar claro, sin embargo, que no es la intención de estas líneas volverse un elogio ciego para los solteros. Es evidente que existen personas que viven su soltería de un modo desafortunado, gracias a su carácter egoísta y mezquino, que les impide acercarse a nuevas personas y sentir una verdadera identificación con ellas. Pero existen personas casadas que con las mismas características lastiman a sus allegados – hijos, pareja – a quienes supuestamente deberían procurar, cuidar y amar de manera altruista y responsable.

Todos buscamos tener una vida digna y, en muchas ocasiones, se elige y se abraza un estado civil buscando precisamente eso. Algunos deciden divorciarse o casarse porque con ello creen que tendrán una vida más feliz, más plena, más digna y más placentera. Algunos deciden permanecer solteros apuntando precisamente a eso. A veces en cambio, no se elige esta condición, se acepta, se maneja, se enriquece, se crece en ella. Hay solteros que hubieran querido emparejarse pero que por diversas situaciones y elección no lo llevaron a cabo, otros asumen la decisión de una pareja que eligió terminar la relación, otros se niegan a hacer pareja si ello implica conformarse con demasiado poco a fin de no estar “solos”, o bien renunciar a algo que se considera más valioso. Al final, todo en la vida son decisiones, algunas que tomamos directamente, algunas que nos afectan indirectamente, y a lo largo de nuestra existencia éstas nos llevan a diferentes situaciones que debemos enfrentar lo más responsablemente posible.

¿Es, entonces, real –o necesaria- una ética para la soltería? No, quizá, pero sí es necesario repensar los estereotipos y clichés para concluir que no es determinante el estado social de un individuo para que éste cometa actos que generalmente son considerados inmorales. Es decir, para que una persona caiga en el exceso o el vicio no requiere no estar casado. Igualmente, elegir el matrimonio no es sinónimo de castidad, pureza o virtud.

Una ética para los s1ngulares debe ser, ante todo, una ética incluyente que se fundamente en la virtud, pero esta ética debe no ser sólo para ellos: la ética basada en la virtud debe ser un imperativo de todo individuo dentro de una sociedad. Los valores que practiquemos en la vida diaria deben ser, quizá remitiéndonos a Kant, una forma de buscar que mis actos puedan ser considerados como normas que todos podrían seguir. Somos responsables con nosotros mismos y frente a los otros, es decir, hacer el bien y el mal tiene como recompensa y castigo el daño que podemos causarnos o causar a los demás. Poner en práctica valores como la justicia, la compasión, la honestidad e, incluso, la valentía, son formas en que podemos evitar el daño a los demás. Somos los únicos seres capaces de sobrepasar los límites, aún cuando pensamos que no podemos ir más lejos. Dado esto, el daño, la crueldad y todo aquello que reste dignidad a la vida deben ser indicadores que pongan freno a nuestras acciones.

Autores: Tere Díaz Sendra en coautoría con Adrián Rodriguez

Agradecemos a nuestra Fuentewww.excelsior.com.mx

 

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